CritiQueen en… Gafotas tú, gafotas yo, gafotas todos

Ingrid Vera


Mira a tu alrededor y cuenta cuántas personas llevan gafas. Sino has visto a nadie es muy probable que seas tú quien lleva gafas. Asúmelo, ¡eres un gafotas!

Puede que las gafas estén de moda, pero no lo son para quienes necesitamos llevarlas. Llevar gafas puede ser un suplicio porque, además de ir quedándote más ciego progresivamente, te pasan todas estas cosas.

Ir a la playa es un acto de valentía para todo aquel gafotas que tenga más de dos dioptrías. Lo primero es que si no tienes unas gafas de sol graduadas te quedarás aun más ciego de lo que venias. El sol intenso se refleja en tus propias gafas, haciendo un efecto lupa que te va quemando las corneas poquito a poco. Se te quedan los ojos tan achinados que pareces natural de Tokio.

Como conoces todos estos perjuicios te metes en el mar en busca de un poco de alivio. Todo vuelve a ir genial, te relajas y te dejas llevar por la marea. El gran problema viene cuando sales del agua y eres incapaz de ver tu toalla o a tus propios amigos. Vuelves a achinar los ojos y empieza el peregrinaje en busca de la toalla perdida.

Y si crees que eso es poco, prueba a levantarte con resaca y no encontrar ¡tus amadas gafas! El universo se presenta confuso y aún más borroso. Una auténtica locura entre mareo, olor a garrafón y una visión aún más alterada de la realidad. Te preguntas ¿dónde habré puesto mis malditas gafas?, para luego comprobar que te cuelgan de una oreja.

Aix, aix, aix. La vida del gafotas es muy irónica, tanto que a veces tienes tal simbiosis con tus gafas que te tienes que tocar la cara para saber si las llevas o no. Tanto que te metes en la ducha con las gafas puestas y no te das cuenta hasta que ya te has puesto el champú. TONTOS, muy tontos, así es como nos sentimos todos los gafotas en estas situaciones.

Y yo me pregunto, ¿hay algo peor que ser un gafotas? Sí. Ser una chica gafotas, queriendo hacer pis en un baño público, intentando no rozar el váter (ni caerte en él), sujetando el bolso y el jersey de turno, mientras sientes como tus gafas se resbalan por el puente de tu nariz y empezando a temer que tu puntería te la jugará porque no ves un carajote. ¡Ajá! Ya os dije que la vida de una gafotas es dura.

Pero por mucho que intenten los no-gafotas ser mejores que nosotros nunca lo serán. Los no-gafotas jamás podrán hacerse los interesantes levantándose las gafas o limpiándolas y, desde luego, que jamás podrán ser tan sexis como nosotros.

¡Viva el orgullo gafotas!

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