Somos mentirosos por naturaleza


Necesitamos la mentira, así es y no te escandalices. Si en este momento te estás llevando las manos a la cabeza… ¡Sorpresa! estás mintiendo. El engaño es inherente a nuestra persona, desde tus células hasta tu foto de perfil de Facebook. Pero ¿por qué mentimos? ¿Somos una especie llena de maldad y picardía? No hay que alarmarse porque en la mayoría de los casos hablamos de engaños inconscientes y están más vinculados a nuestra naturaleza de lo que creemos.

Pamela Meyer, autora de “Liespotting” (detección de mentiras), asegura en su estudio que mentimos entre 10 y 200 veces al día. Desde luego que no hablamos únicamente de engaños verbales, sino más bien de comportamientos que esconden la consecución de un objetivo.

Vamos a remontarnos a nuestros orígenes, como apunta el antropólogo Pablo Herreros,  fijémonos en los primates: ellos no se salvan de la mentira. Podemos ver en documentales cómo aprovechan cuando nadie les ve para robar alimentos a los suyos o incluso de qué forma engañan a su propio grupo para obtener un beneficio.

Mienten, consciente o inconscientemente para reflejar una imagen en los demás, a la sociedad, al igual que los humanos. El “Falso self”, esa careta que nos ponemos en cada grupo y la forma en que actuamos e interactuamos en nuestras vidas. Una careta que utilizamos para labrarnos una reputación, y que es tan importante, que de ella depende en muchas ocasiones la supervivencia. Hablamos del “yo público” y a veces es necesario maquillar ese “yo” para mostrar lo mejor de nosotros mismos.

A lo largo de la historia el ser humano ha aprendido qué sentimientos debe mostrar para qué situaciones. Ante un peligro, seguramente su cuerpo tienda a mentir, no lo puede evitar, y se mostrará fiero y dominante.

Supervivencia, reputación y aceptación en el grupo serían las tres claves que explican por qué no podemos evitar el engaño. Pero al cabo del día podríamos añadir muchas más falacias que, por supuesto, no son evolutivas. Aquellas con las que sólo tratamos de buscar nuestro propio beneficio de forma consciente. Por cierto, estas últimas sí que se pueden evitar.

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